El Túnel

Del Sábato a la Sierra

Por Canek Denis

Llevar a escena grandes clásicos de la literatura universal es un reto que mucho desean pero que pocos se atreven a enfrentar. Y de los que se han atrevido solo algunos han sobrevivido dignamente. Para los clásicos que no están concebidos para el teatro como la novela, se requiere de una persistencia y un olfato audaz o loco para resumir y condensar una historia de doscientas páginas en un libreto de menos de sesenta minutos. Es en este punto, el del resumen, donde muchos caen y donde muchos otros se levantan del tropiezo y siguen trabajando con la frente en alto.  Para el caso que nos toca de PIEDEPUENTE y su versión libre de “El Túnel” de Ernesto Sábato podemos afirmar que siguen su trabajado con la frente en alto.

Asumir la tarea de utilizar una obra clásica antepone varios factores que han de presentarse con pros y contras según la suerte o inteligencia del director y su equipo artístico. Primero, con un título conocido como “El Túnel” el público normalmente ya sabe cuál es la historia, la conoce, un poco más o un poco menos. Esto conlleva y nos lleva al segundo factor, una predisposición involuntaria pero inocente de los espectadores que llegan con una imagen un poco preconcebida de cómo ha de ser contada y realizada la historia por tener conocimientos previos sobre la obra literaria. Y tercero, es la sorpresa. Ya que se conoce un poco lo que ha de acontecer, este morbo casi tele novelesco que se siente desde la butaca por haber visto como unos “avances” del capítulo es lo que busca y mantiene al público despierto y atento de lo que sucede frente a él ya que busca que lo sorprendan y esto no es fácil si se quiere hacer bien.

En unos cortos cuarenta y tres minutos de duración el director, Pedro Sierra, hace honor al significado de su apellido; corta y serrucha esta novela de Ernesto Sábato para poner en escena su perspectiva personal de “El Túnel”. Sierra se otorga licencias y permisos para hacer una versión libre y atrevida, introduciendo elementos no existentes en la novela original pero que complementan su propuesta todavía en construcción, cuyo punto de encuentro entre la novela y esta versión, es la “estructura psicológica” empleada en ambas obras, escrituralmente para Sábato y conceptualmente para Sierra. La línea dramática se replantea en la versión de Pedro Sierra  reorganizando y reordenando acertadamente la historia original para conveniencia del clímax crescendo de la puesta en escena.

Richarson Díaz encarna al mítico asesino Juan Pablo Castel, con una entrega que traspasa las gradas, nos llena con sus ademanes y voz penetrante pero bien controlada, logrando convencernos de su soledad y necesidad de platicar o de confesar su crimen. Desde el principio la escena involucra la audiencia, introduce al público en la mente de Castel con su mirada profunda pero aparentemente dócil. Richarson defiende esta premisa de atmósfera intimista. Se disfruta de las técnicas de un intérprete que tiene la intuición de un actor de tablas y que logra dimensionar los espacios imaginarios con que debe contar un buen actor.

La interpretación de Iván Mejía muestra la formación técnica del actor, conoce los principios básicos de las tablas pero se apoya en el alto volumen de su voz, en ademanes y acciones incomprensibles, en una mirada vacía y perdida en el espacio lo que en conjunto restan a la posible fuerza dramática que puede demostrar este joven actor. Su presencia escénica adquiere interés a través de las cínicas imitaciones de María Iribarne. Su actuación quizá deba encaminarse más bien a reforzar su no-presencia como “la Conciencia macabra” y oscura de Juan Pablo Castel.  A veces hay que saber ser sombra para brillar. Incluso callar para ser escuchado.

Sobre la concepción del vestuario y la escenografía nos deja mucho que desear, estos no dialogan con la puesta en escena, se mantienen como elementos decorativos innecesarios, siendo la cabeza de maniquí  y el lavamanos móvil los únicos elementos justificados y que presentan un significado útil escénicamente para la historia. Incluso es con esa cabeza y ese lavamanos que se construyen las mas tiernas y creíbles escenas de la pieza protagonizada por Díaz. También las escenas que en oscuro se escucha una grabación, tal vez imaginaria, entre Juan Pablo y María pueden ser enriquecidas, no dejando al público en espera de una suceso, su uso abusivo aniquila el ritmo de la obra pudiendo ser quizás las más ricas y conceptuales escenas visuales. El vestuario y la escenografía han de buscar la belleza estética porque la pobreza también puede ser hermosa.

El ritmo, la arritmia, el súper ritmo, las pausas, las velocidades, es decir el tempo es uno de los aspectos que los capitaleños teatristas padecemos y “El Túnel” de Pedro Sierra no es la excepción. Aunque tiene buen ritmo, el tempo; ese latir, esa palpitación que debe tener toda obra de arte se apresura en ambos actores siendo responsable el ojo cuidadoso del director. La juventud nos lleva a querer correr cuando se puede caminar, a gritar cuando se puede susurrar, a pisar en vez de pausar. Hay que saber disfrutar y masticar para poder digerir cada aspecto de la vida, real o ficticia. Como ese momento en que el personaje de Castel se agacha y mira hacia lo alto admirado la cabeza de María Iribarne y sus palabras se enredan pero las corrige y vuelve en sí mismos sin saber lo que dijo lo que provoca la risa del público por la nobleza del momento, porque tanto el texto, como el actor y la escena respiran y permiten disfrutar los detalles.

Ahora bien lograr la simpleza no es sencillo, PIEDEPEUNTE lo alcanza por momentos, pero debe reforzarlo en otros. Esta propuesta escénica debe seguir buscando la precisión y continuar haciéndose muchas preguntas, interrogarse sobre sí misma y sobre los demás para poder fortalecer la perspectiva planteada de esta historia de la literatura universal que trata un tema tan profundo como la psicología humana.

Esta historia puede parecerse a las series televisivas norteamericanas que despiertan el morbo por los cuerpos de un asesinato, que enaltecen a asesinos en serie como héroes de nuestra actualidad, pero la dirección y actuación se protegen de este facilismo. Se distancian de crear empatía por un asesino logrando defender ante todo la presencia y el valor de lo humano y plantear, utilizando como pretexto la obra de Ernesto Sábato, los oscuros aspectos de la psique humana. PIEDEPEUNTE y sus integrantes nos siguen y seguirán sorprendiendo con nuevas propuestas teatrales, demostrando que por ser joven no se carece se rigor y entrega, sino todo lo contrario. Este grupo teatral nos sigue entreteniendo inteligentemente.

Fotografías proporcionadas por Iván Mejía:

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